Ser víctima de Hipercor: treinta años de lucha contra el olvido

(Reportaje publicado en ElNacional.cat: versió en català)

Se acuerda perfectamente, como si fuera ayer. En ese momento, Robert Manrique estaba cortando diez libritos de lomo para la señora Agustina Cabanillas y su hija Maricarmen, vecinas del barrio. Bromeaba “un poco”, reía, porque a él le gustaba su trabajo de carnicero, se lo pasaba muy bien. Hasta que, en un instante, toda su vida cambió: “Estaba cortando diez libritos de lomo y… ¡bum!”.

Tiene un pequeño vacío de memoria de unos 15 segundos, admite. Lo compara con cuando rompes una nuez con un cascanueces: “Primero oyes un enorme crac y, de repente, el silencio total”. Después recupera los recuerdos: “Gritos, agua que caía de los sprinklers del techo. Notaba que la piel se me estaba derritiendo, que me estaba quedando ciego. Recuerdo mucho los olores de ese día todavía hoy. Mientras intentaba salir de allí, resbalaba. El agua que caía se mezclaba con el calor que subía, y hervía. Se me quedaron los zapatos pegados al suelo. Salí descalzo”.

Antes de salir, salvó la vida de una chica -esto lo supo después-, apagándole las llamas como pudo. No fue hasta que llegó al hospital que supo qué había pasado, después de oír a los médicos hablar entre ellos: había sido ETA quien había puesto un coche bomba en el parking subterráneo del centro comercial Hipercor, en la avenida Meridiana de Barcelona. De aquel fatídico viernes 19 de junio de 1987 hoy se cumplen treinta años.

A pesar de las tres llamadas de advertencia del comando Barcelona de ETA, el coche bomba explotó a las 16:08. Una onda de choque de 2.834 metros por segundo, una presión de 96.948.351 toneladas/metro y una temperatura de unos 2.300 grados centígrados. Su balance, de 21 muertos y 45 heridos, lo situó como la masacre más sanguinaria e indiscriminada del grupo terrorista.

Dos de los responsables de colocar aquel Ford Sierra en Hipercor, Josefa Ernaga y Domingo Troitiño, ya han cumplido condena. Los otros dos condenados, Rafael Caride y Santi Potros, siguen entre rejas. El Estado español también fue condenado por negligencia policial, justamente por no haber desalojado las instalaciones a pesar de las llamadas anónimas advirtiendo del artefacto.

Robert Manrique sobrevivió, con quemaduras por todo el cuerpo: las manos, los brazos, la cara, la parte de la cabeza que no estaba cubierta por el gorro… Pasó hospitalizado dos meses, en una cama, sin ver a sus hijos (él no quería que le vieran así). Sus clientas, Agustina Cabanillas y su hija Maricarmen, también se salvaron. La madre lo hizo después de pasar varias semanas entre la vida y la muerte con graves quemaduras en el 65% del cuerpo.

El destino puede llegar a ser muy cruel, porque la verdad es que Robert no tenía que estar allí en ese momento: una de sus condiciones para aceptar el traslado de El Corte Inglés a Hipercor fue hacer turno de mañanas para poder pasar tiempo con sus dos hijos, que entonces tenían tres años y nueve meses. Pero el día antes, el jueves 18 de junio, su compañero Josep Maria le pidió si podía cambiarle el turno. “Le dije que sí, que solo faltaría, y allí estaba yo cortando diez libritos de lomo”.

Quien tampoco debía estar allí era Xavier Valls, un arquitecto de 48 años que vivía en Santa Coloma de Gramenet. Estaba en la agencia de viajes de Hipercor. Estaba mirando unos billetes de barco para ir a pasar unos días de vacaciones en Menorca. Tuvo la mala suerte de dejarse el DNI en el coche, y lo necesitaba, así que tuvo que volver al parking a buscarlo.

En ese preciso momento, Xavier halló la muerte en un Ford Sierra con 200 kilos de material explosivo. No pudo hacer nada: estaba en el epicentro. La agencia de viajes, curiosamente, quedó intacta, no le pasó nada. De hecho, la propia directora de la agencia fue a casa de Xavier al día siguiente a explicar lo que había pasado a su mujer, Maria Josep.

“Cuando le dijeron a mi madre que mi padre estaba en Hipercor, no se lo creyó”, explica Jordi, uno de los dos hijos de Xavier y Maria Josep, un “huérfano de Hipercor”. Jordi tenía entonces seis años. Lo que vio lo ha ido completando con lo que le han ido contando con el paso de los años. “Ni por horarios, ni por ruta, ni por forma de ser. Era imposible que mi padre estuviera allí. Pero sí estaba: en el lugar y el momento equivocados”.

Jordi tiene algunos recuerdos. Hacia las siete u ocho de la tarde recibieron una llamada en casa, que cogió su abuelo, porque su madre no estaba en casa. Al otro lado del teléfono preguntaban por Xavier, que tenía que ir a dar una conferencia y no se había presentado. También recuerda que lo dejaron un par de días, probablemente todo aquel fin de semana, en casa de un familiar, “supongo que para mantenerme al margen de todo aquello”.

Además de arquitecto, Xavier Valls era activista político. “Él era una persona politizada, que incluso había militado en el PSUC durante la clandestinidad y había estado muy involucrado en el movimiento vecinal de Santa Coloma y la Asamblea Nacional de Catalunya”, explica su hijo, que hoy tiene 36 años. “Era una persona de izquierdas, pero también bastante catalanista, nacionalista”, añade. Incluso había mostrado simpatía hacia Herri Batasuna, entonces el brazo político de la izquierda abertzale. Según la viuda, María José, una vez llegó a decir que “a los vascos no les toman el pelo como a nosotros”.

De hecho, Jordi confiesa que estas dos palabras -Herri Batasuna- las recuerda desde pequeño. “Es un nombre que tenía allí y que, inconscientemente, me pone… No sé cómo describirlo. Yo sólo escuchaba en los medios que no condenaban el terrorismo. Y yo pensaba: son los terroristas que han matado a mi padre y no lo condenan”.

Reponerse del trauma

“Yo lo asumí después, unos años más tarde”, explica Jordi Valls, que hoy es economista. Cuando murió su padre, tan sólo tenía seis años, y su hermano nueve; no era muy consciente. “Recuerdo que a partir de los nueve o diez años, ya empecé a asimilarlo, empecé a notar la falta, que mi padre no estaba. Esta falta marcó mi preadolescencia y mi adolescencia”, añade. Dice que pudo reponerse gracias a la red de apoyo familiar y al acompañamiento psicológico. También su madre los protegió siempre, a él y a su hermano, de la exposición pública y mediática.

Las circunstancias de la muerte, el hecho de ser un atentado terrorista, fueron determinantes. “Con los siguientes atentados, lo iba reviviendo. Mi juventud coincidió con los años más duros de ETA, los ‘años de plomo’. Lo revivía constantemente. Salía en la televisión y los medios, la gente hablaba de ello, y yo no acababa de cerrar nunca. Evidentemente nunca se cierra del todo, pero aquel contexto no ayudaba: el tema siempre estaba allí, presente”.

El día en que el exlíder de Batasuna Pernando Barrena dio una conferencia en la Universidad de Barcelona donde pidió disculpas a las víctimas, el 22 de noviembre de 2012, Jordi estaba allí. Y reconoció este gesto a una izquierda abertzale que considera que a veces ha sido “cínica”. Hoy puede empatizar también con las otras partes del conflicto: “A pesar de ser víctima, yo también entiendo que ha habido sufrimiento en todos lados. Entiendo que la izquierda abertzale y el entorno de ETA también han sufrido. Puedo empatizar con ellos”. No es fácil decir algo así.

Después de pasar dos meses sin salir del hospital, sin salir de la cama, lo primero que quería hacer Robert era ver a sus niños. Pero lo primero que hizo, antes de pasar por casa, fue volver a Hipercor, ver cómo había quedado y reencontrar a sus compañeros de trabajo. Una vez hecho esto, entonces sí, volvió a casa. “Invertí el orden y creo que hice bien”, dice. “Si no, me hubiera costado mucho volver”. De hecho, en diciembre ya estaba allí de nuevo trabajando, “porque necesitaba volver a la normalidad y porque en Navidad pagaban muy bien”.

Según él, se repuso rápidamente por su carácter: era joven (24 años) y tenía mucha iniciativa. “Yo tenía dos cosas metidas en la cabeza: mis niños y volver a jugar al tenis, como hice la mañana del atentado”, afirma Robert. “En la primera intervención había riesgo de amputación del brazo derecho. Cuando sales del hospital y ves que todavía tienes brazo, y después que poco a poco vas recuperando la fuerza, todo eso te da confianza”. La recuperación física acompañó la recuperación psicológica. Hoy tiene una vida que no da alcance: además de atender a decenas de víctimas, se está sacando el grado de Derecho en la UOC y está ayudando en un despacho de abogados.

Olvidadas por el sistema

No fue hasta 2010, con el tripartito, que la Generalitat tuvo una oficina de atención a las víctimas. La consellera Montserrat Tura le encargó a Robert Manrique la dirección del Servicio de Información y Orientación a las Víctimas del Terrorismo (SIOVT), a semejanza de la oficina del Gobierno vasco. Él, con la ayuda de la psicóloga Sara Bosch, ya llevaba veinte años documentando, asesorando, acompañando, tramitando indemnizaciones, haciendo lo que fuera necesario.

Pero esta oficina duró pocos meses. Fue inaugurada en abril de 2010. En diciembre de ese año, hubo cambio de gobierno, con el regreso de Convergència i Unió. Ese mismo mes, Robert presentó un informe sobre las víctimas del terrorismo en Catalunya. “Dos horas más tarde, el nuevo Govern me comunicó que había que cerrar el servicio”, dice. Lo trasladaron a la Oficina de atención a la víctima del delito y recortaron su presupuesto un 95%.

“Estuvimos trabajando de enero a julio de 2011, mañana y tarde, por 50 euros. Después, ni eso”, denuncia Robert. “Que me digan que es por los recortes, que puedo llegar a entenderlo; pero que no me digan que se puede hacer desde otra oficina, porque no es lo mismo atender a una señora a quien le han robado el bolso que a una madre a quien le han asesinado al hijo”.

Justamente ese estudio inédito que había presentado Robert evidenciaba la despreocupación de las administraciones: nunca antes se habían contabilizado las víctimas del terrorismo en Catalunya o catalanas. Ninguna institución, ni policial ni gubernamental, lo había hecho; en realidad, todas confiaban en que eso lo hacía otro. El balance del informe fueron 118 muertos a manos de 24 organizaciones terroristas desde 1968. 118 olvidados por la Administración. “La tarea de búsqueda de víctimas debe hacerla la Administración. Ya que no lo hace el Ministerio, hagámoslo desde Catalunya”, reclama.

Después de tantos años trabajando en ello, las ha visto de todos los colores. Por ejemplo, falsas víctimas del terrorismo, que construyen relatos ficticios como si fueran el mismo Enric Marco. “Me he encontrado con asociaciones que salen de la nada y dicen haber conseguido 900 víctimas en tres meses. Te pasan una parte de la lista, investigas y ves que está llena de muertos que se han inscrito. Pero eso sí: con subvención de 50.000 euros del Gobierno vasco. ¿Es que no investigan a quien subvencionan?”.

Jordi Valls también cree que no se ha escuchado como se debería haber escuchado a las víctimas. “Hay víctimas que, treinta años después, todavía no están reconocidas. Hay gente que no sabe aún si es víctima de Hipercor”. Pone el ejemplo de una víctima de su edad que perdió a un familiar y que, si tiene una fotografía de este familiar, ha sido gracias al trabajo del Robert. “Mira si acompaña la Administración…”.

El olvido por parte de las administraciones, dice, ha sido generalizado, sin excepciones. “Las hay que están más politizadas y las hay que no han hecho tanta política, pero a nivel de apoyo ninguna administración ha estado a la altura de las circunstancias”, lamenta Jordi, que afirma: “Todos lo han hecho mal, porque no han sabido atender. El Estado se ha metido más en política y la Generalitat no ha entrado tanto en este juego, pero nadie ha estado a la altura”. Al final, admite, existe la sensación de ser una especie de doble víctima: “Ya has tenido bastante con el atentado como para después encontrarte tantos problemas y trabas”. Las indemnizaciones son un capítulo aparte.

Pero no solo son los políticos quienes les han olvidado: es todo el sistema. Robert recuerda un juicio al que asistió, hace dos años, por el asesinato de Juan Fructuoso en Barcelona, el 2 de abril de 1987, dos meses antes de Hipercor. Fue a la Audiencia Nacional, en Madrid, acompañado de Jesús Fructuoso, el hermano del asesinado.

Esto es lo que ocurrió: “Estábamos hablando fuera de la Audiencia Nacional. Detrás nuestro, había otro grupo, hablando en euskera. Hasta aquí todo normal. Pero empezaron a moverse mucho, me llevé algún golpe y finalmente me giré. Me encontré con Domingo Troitiño y Josefa Ernaga, los que me quisieron matar, los que mataron a Juan”. Se pregunta cómo es posible que, teniendo la lista de gente que iría al juicio, ni la Fiscalía, ni la Audiencia Nacional, ni el Ministerio del Interior, ni nadie evitó una escena como ésta.

-¿A qué lo atribuyes? -le pregunto.

-A que les da igual. No hay gente preparada. ¿Te imaginas que un pederasta se encontrara en el juicio con la madre de la niña violada? Pues es lo mismo.

Asegura que no es la única vez que le ha pasado algo parecido.

La línea entre la víctima y el político

“Yo he tenido la mala costumbre de que no me ha gustado mezclar el atentado o el terrorismo con la política partidista”, dice Robert Manrique con ironía. “A mí me han ofrecido cargos desde tres partidos políticos diferentes, y a los tres les he dicho que no. También me ofrecieron trabajar para el Ministerio del Interior en el año 96, y también dije que no, porque sería ponerme en el lado opuesto al de las víctimas. Sería una forma de comprarme”.

– ¿Y se puede saber cuáles son estos tres partidos, o nos podemos hacer una idea?

-Te sorprendería. Solo te diré uno que no me lo ha pedido nunca: el PP.

“Con Franco se ponía un pobre a la mesa por Navidad. Durante muchos años la moda ha sido poner una víctima en el mitin “, critica Robert. Hay políticos que han intentado captar víctimas, prosigue, pero también víctimas que lo han permitido. “Si una víctima sufre un atentado porque tiene un cargo político, por ejemplo, Edu Madina, evidentemente puede continuar haciendo la política que le dé la gana. Pero cuando alguien no hacía política y después hace carrera política con esto, no estoy de acuerdo”.

Enseguida le viene un nombre a la cabeza: Marimar Blanco, hermana de Miguel Ángel Blanco. “Lo que le hicieron a su hermano es una auténtica cabronada y ella es víctima, lo ha sufrido mucho; pero de ahí a ser diputada del PP, y además siendo presidenta de la Fundación Víctimas del Terrorismo, es muy feo. Algo falla”. Para demostrar qué ha pasado con muchas asociaciones de víctimas, pone las manifestaciones como ejemplo: “Con Zapatero en la Moncloa, llegaron a montar siete manifestaciones contra la excarcelación de terroristas de ETA. El otro día salió Idoia López Riaño, condenada por 23 asesinatos, y nadie ha movido un dedo”. La presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo en el País Vasco (COVITE), Consuelo Ordóñez, pidió el voto por UPyD en 2012.

Hoy Robert está decepcionado con el mundo de las asociaciones. Fue vicepresidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) española, pero en 2002 lo expulsaron por denunciar la falta de pluralidad, la infiltración de un determinado corriente político. Fundó la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas (ACVOT). Se fue porque había cambiado radicalmente la forma de trabajar. Él siempre había apostado por la proximidad.

Jordi Valls también se siente alejado del mundo de las asociaciones de víctimas. Le molestan especialmente aquellas víctimas que se autoproclaman portavoces de las víctimas. “Yo muchas veces no simpatizo, ni con las asociaciones ni con sus mensajes”, explica. “Muchas veces se han dejado politizar, por desgracia. Esto lo ves muy claramente. Hay quien ha permitido, desde las asociaciones, entrar en este juego político. Pero las víctimas no estamos aquí para hacer política, sino para que se nos reconozcan los derechos y se nos escuche”.

De hecho, Jordi desmonta cualquier estereotipo que pueda haber en torno a las víctimas de ETA. “Las víctimas son tan diversas como el hecho de que 21 personas aleatorias estén comprando en un Hipercor en un momento determinado”, asegura. Y prosigue: “Somos catalanohablantes, castellanohablantes, de izquierdas, de derechas… Al final, lo que compartimos es que queremos reconocimiento, que queremos ser escuchados, que no se olvide”. Robert también está de acuerdo con esto: “Yo he visto víctimas en la V o manifestaciones de la ANC. No somos todos los de la banderita que se pasean por la calle Serrano de Madrid, a pesar de que algunos lo piensan”.

¿Se puede perdonar?

En mayo de 2011, Robert Manrique recibió una carta que probablemente nunca habría esperado recibir. Llegaba desde el centro penitenciario de Álava, en el País Vasco. Iba firmada por Rafael Caride Simón, uno de los hombres que había intentado matarle con aquella bomba en el Hipercor. En la misiva decía que estaba arrepentido, que creía que la violencia no era el medio para conseguir las cosas y le proponía un encuentro. Robert esperó a una tarde de agosto, ya de vacaciones, para explicarlo a su mujer y sus hijos, que le dijeron que lo hiciera. “Llevas años diciendo que tienen que pedir perdón. Si quiere hacerlo, tienes que ir”, le dijeron.

Robert empezó entonces las gestiones con el Ministerio del Interior. En octubre hubo el anuncio del cese definitivo de ETA, en noviembre elecciones españolas y en diciembre cambio de gobierno español, del PSOE al PP. Todas las gestiones quedaron paralizadas hasta que, en mayo del 2012, un año después de recibir la carta del terrorista, concedió una entrevista a El Periódico.

Dos semanas más tarde, recibió el visto bueno del Ministerio del Interior, que fijó el 15 de junio como fecha y pidió confidencialidad absoluta. No acabó cumpliéndose por parte de quien lo exigía. “No es mi culpa que el bocazas de Jorge Fernández Díaz anunciara que dos víctimas de ETA se reunirían con sus victimarios. Cuando el 15 de junio salí de la cárcel, me encontré con decenas de periodistas”, explica. “Muchísimas víctimas me felicitaron, pero hay una que dijo que había montado un circo, y ciertos diarios solo se fijaron en él”. Esta víctima era José Vargas, presidente de la Asociación Catalana de Víctimas de Organizaciones Terroristas.

Sea como sea, la reunión se produjo. Duró hora y media. Robert le negó la mano, y así se lo justificó: “Por el respeto que le tengo al resto de víctimas, por su dignidad, no quiero que mi mano, si toca la suya, después toque la de ellos”. Durante el encuentro, Caride mostró arrepentimiento, pero no pidió perdón, porque era un “concepto católico” en el que no creía. La impresión que se llevó Robert está llena de matices. “Sé que aquel encuentro tuvo un efecto positivo en muchas víctimas, y eso ya me sirve”, dice cinco años más tarde.

Jordi Valls no sabe si accedería a un encuentro de este tipo; dependería del contexto, de si realmente está arrepentido, de cómo lo pidiera. “He tenido la suerte de haberlo llevado bastante bien. Y como a las víctimas la paz nos importa, podría llegar a hacerlo”, asegura. “Yo también tengo que remar a favor de la paz; y, si esto sirve, probablemente lo haría. Porque puedo hacerlo. Pero entiendo que haya víctimas que tengan mucha rabia acumulada, que su proceso personal ha sido diferente del mío…”.

¿Qué le diría, si se encontrara en esta situación? “Le preguntaría qué pensaba conseguir políticamente con el brutal atentado de Hipercor. Querría saber qué le pasaba por la cabeza, por qué creía que la violencia era el medio para conseguir sus objetivos políticos”.

Un punto de inflexión

“Hipercor fue un cambio de estrategia terrorista, evidentemente, pero también hizo que, por ejemplo, la gente de Herri Batasuna empezara a decir basta: Txema Montero, Julen Madariaga, que además era cofundador de ETA…”, asegura Robert Manrique. “Con el paso de los años ves que abrió una pequeña rendija, que cada vez se ha ido haciendo más grande”, añade. ¿Fue un punto de inflexión? “Allí comenzó el punto de inflexión, que terminó de llegar con la salvajada que le hicieron a Miguel Ángel Blanco. Pero con Hipercor se abre un camino”.

Hipercor provocó las primeras grietas en la izquierda abertzale. Poco después del atentado, Txomin Ziluaga, secretario general de Herri Alderdi Sozialista Iraultzailea (principal fuerza de la coalición Herri Batasuna) sugirió que ETA debía tomarse “unos meses de vacaciones” y hacer un repliegue de la lucha armada. Provocó una purga: tanto él como un centenar de militantes más fueron depurados de Herri Batasuna. En 1992 el expulsado fue el eurodiputado Txema Montero, que desde Hipercor había ido adoptando posiciones cada vez más contrarias a las acciones llevadas a cabo por ETA. Más tarde terminó acercándose al PNV, sin afiliarse.

“Yo creo que incluso desde el entorno de ETA vieron la barbaridad que habían cometido, porque fue brutal”, dice Jordi Valls, que añade: “Había quién podía pensar que bueno, hasta entonces las bombas iban dirigidas a militares y policías. Pero es que esta vez eran todos civiles. Era un centro comercial lleno de civiles. Para ETA seguramente no, porque siguió matando mucho más, pero socialmente sí representó un punto de inflexión. Solo hay que ver las manifestaciones que se organizaron aquí en Barcelona”.

En una manifestación encabezada por el presidente Jordi Pujol y el alcalde Pasqual Maragall, unos 750.000 barceloneses llenaron el paseo de Gracia el 22 de junio de 1987 contra el terrorismo. Marchaban detrás de dos pancartas: “Por la convivencia en paz y libertad, Catalunya rechaza el terrorismo”, “Cooperación ciudadana contra el terrorismo”. El solemne silencio que presidía la protesta solo fue roto por los aplausos a los familiares de las víctimas.

Las crónicas de aquel día recogen también una pancarta que criticaba los resultados obtenidos por Herri Batasuna en Catalunya. Es interesante echar un vistazo a la evolución de los resultados que obtuvo en las elecciones europeas, en las que hay una única circunscripción electoral para todo el Estado. HB fue, para muchos independentistas catalanes, una opción muy seductora. En los comicios celebrados el 10 de junio de 1987, tan sólo nueve días antes de Hipercor, 39.693 catalanes votaron por Herri Batasuna. En las de 1989, fueron 15.427. Y en 1994, 4.481. En medio también hubo el atentado contra el cuartel de la Guardia Civil en Vic, con nueve muertos.

Robert recuerda algo que le dijo un día el periodista Iñaki Gabilondo. Primero le “encabronó”, pero luego le acabó dando la razón. Decía así: “Si Hipercor, en lugar de ser un atentado con 21 muertos, hubieran sido 21 atentados con un muerto cada uno, no se acordaría nadie”. El mismo Robert se ha encontrado con atentados de los que nadie se acuerda. Tampoco las autoridades.

Treinta años después, la paz

Hay otra fecha que Robert Manrique no olvidará nunca: el 20 de octubre de 2011. Fue el día en que ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada. Ese día, ya de madrugada, Robert volvía de una entrevista en una radio. “Siempre quedo con mi hijo en Virrei Amat, a medio camino de su casa y mi casa. Cuando mi hijo me vio, me abrazó como nunca en la vida lo había hecho. ‘Ningún niño más sufrirá lo que nosotros hemos sufrido’, me dijo. Volví a casa llorando”.

Confiesa que está viviendo “muy contento” el fin de ETA. “Porque ahora sé que, si me suena el teléfono a las cuatro de la madrugada, al menos no será por otro atentado de ETA”, asegura. “Porque sé que nadie más va a sufrir lo que muchos hemos sufrido durante años. Porque, con la paz en el País Vasco, somos todos los que salimos ganando. Con la violencia, ya se ha visto, no han ganado nada; solo han salido perdiendo”.

“Claro que queda el dolor, pero la mayoría de víctimas han asumido que esto acabe. Bienvenido sea el fin de ETA”, defiende Robert, que añade en este mismo sentido: “Ahora, lo que diga la ley. Hay leyes que no me gustan, pero, si no me gustan, intento cambiarlas. Y esto lo pensamos muchas víctimas, de verdad. Lo que pasa es que no se nos pregunta y la sociedad termina fijándose solamente en la víctima que sale a la calle con su banderita”.

En los mismos términos habla Jordi Valls. “Ese día, cuando lo supe, pensé: ya era hora, ya ha llegado el momento que tanto esperábamos. Por fin ETA se ha dado cuenta de que con aquello no iba a ninguna parte”, explica. Lo ha vivido, también, con cierta alegría, como un alivio: “Piensa que han sido años muy duros. En el País Vasco hay muchísima gente, de todos los lados, que ha sufrido mucho. Es normal que me alegre. El fin de la violencia representa un alivio para mí como víctima, pero también para el País Vasco, porque representa la paz que tanto deseaban”.

Según él, a pesar de los pasos de ETA, aún hay mucho por hacer: “El Estado tiene que hacer mucho trabajo con las víctimas y con el proceso de paz, porque todo esto debe consolidarse”, sostiene. Treinta años después, ¿cuál es su mensaje? “Que no se olvide. Que todavía hay gente que lo está pasando mal, que no ha sido reconocida, que no ha sido escuchada. Y que se consolide todo esto que ya ha empezado. Que llegue la paz definitiva al País Vasco, a Catalunya y a España”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*